La verdadera Tierra donde Dios nunca muere.

Wilberth Jiménez Díaz
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La presencia de las 8 regiones a través de sus etnias significa en el mes de julio un reencuentro con la hermandad y con el misticismo que nos envuelven a los oaxaqueños; misticismo que pese al interés de unos cuantos logra verse opacado, y que rivaliza con la alegría que embriaga a propios y turistas para hacerlos participes de lo que verdaderamente significa Oaxaca.
El mes de la Guelaguetza más allá de la supuesta derrama económica que llega al estado representa un parte aguas para la reconciliación con la dignidad y el orgullo de ser oaxaqueño, es el perfecto momento para borrar aquella imagen tan deteriorada que se propaga al interior del país y del mundo.

Son ya 11 años desde que la Guelaguetza se convirtió en la peor víctima del interés de unos cuantos, más de una década en la que cada año la fiesta de los oaxaqueños paga los platos rotos por los intereses políticos y económicos de un grupo de personas que a todas luces denotan el poco interés del estado pero sí el interés por una supuesta estabilidad o postura ideológica.

Oaxaca es más que bloqueos y manifestaciones, la hospitalidad y solidaridad se vive en hermandad; basta ver los convites y calendas donde sin importar, nacionalidad, estatus socioeconómico postura ideológica u origen étnico lo mismo se te incita a bailar una pieza al ritmo de la banda como una media torta de frijol o de chileajo.
Eso señores míos eso es la verdadera esencia de Oaxaca, la que se ve opacada por unos minúsculos y mezquinos intereses que deterioran y denigran la tierra donde el Dios Nunca Muere.

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